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Centro de Día para personas sin hogar “Amigos en la Calle”

Entidad Ejecutora: San Egidio
Localización: Barrio centro de Madrid



Antecedentes (origen de la necesidad y del proyecto) y Justificación (describir la necesidad y fundamentar la realización del proyecto como medio para resolverla)


En todas las grandes ciudades son muchas las personas que por motivos diversos se ven obligados a vivir en la calle.

Los miembros de la Comunidad de San Egidio, tomando ejemplo del buen samaritano de la parábola evangélica, se detienen y buscan hacerse cargo de estos pobres que viven en gravesdificultades en las estaciones, bajo los pórticos o en los ángulos de las ciudades.

El empeño de la Comunidad en este mundo se inició en Roma al final de los años Setenta, cuando el número de los pobres en las calles de la ciudad estaba en rápido aumento trayendo nuevos problemas. Desde entonces ha continuado en tantas otras ciudades del mundo.

Algunos episodios de intolerancia y de violencia hacia estas personas nos hicieron reflexionar sobre la condición de abandono y de peligro de la vida de estos pobres. En particular nos ha conmovido la historia de Modesta, una anciana vagabunda conocida en la Estación Termini de Roma, que murió sin socorro porque estaba sucia y la ambulancia no quiso ayudarla. El primer encuentro con este mundo de pobres, ha suscitado y hecho crecer a lo largo de los años una red de amistad y de sustento y ha dado lugar a iniciativas estables de solidaridad.

En los últimos años el mundo de las personas sin techo ha sufrido muchas transformaciones. Los llamados vagabundos son tan solo una parte. En efecto, cada vez se encuentran con más frecuencia personas con un pasado aparentemente normal que, a causa de dramáticos acontecimientos, pero no extraordinarios, han ido a parar a la calle: ancianos desahuciados, adultos que a causa de la separación del cónyuge se han alejado de la familia sin encontrar un lugar alternativo, jóvenes que han perdido el trabajo, extranjeros que provienen de países en vías de desarrollo. Por este motivo la composición del fenómeno ha cambiado mucho a lo largo de los años. Incluso la edad media ha bajado sobre todo por la presencia de un mayor número de jóvenes.

Para muchas personas la crisis empieza y se mantiene cuando no cuentan con la familia, que nunca ha existido o que ya no funciona. El deterioro de las relaciones familiares empuja a muchas personas a la calle. Y este es uno de los principales motivos con el que las personas sin techo explican su llegada y permanencia en la calle: la familia es un foco fundamental, sino el único, que permite desarticular el enigma de muchas historias.

Historias de incomprensión y de ruptura dejan en la vida de todos signos palpables, y mucho más en la vida de las personas sin techo, para las que el recuerdo de la familia está unido al recuerdo de una vida más o menos estable, normalizada. En sus historias causa impresión la herida de los cariños perdidos, e incluso de micro-bienestar que ya no existe.

Alcoholismo, tóxico-dependencia, enfermedad psíquica, paro son graves problemas sociales que el ambiente familiar sostiene con cierta dificultad: en ellos nacen y se desarrollan historias trágicas de incomprensión, desilusiones, tensiones, miedo, y a veces verdaderos dramas. A menudo las situaciones de fuerte tensión se resuelven con el alejamiento voluntario o obligatorio de algún miembro de la familia. ¿Cuáles son las alternativas? Generalmente es el inicio de un camino sin regreso.

La dificultad o la imposibilidad de realizar algunos gestos habituales de la vida de cada día repercuten en el equilibrio de quien se ve obligado a vivir en la calle; cambiarse de ropa, lavarse, cortarse el pelo, son un gran problema. En realidad, representan para todos el símbolo de la dignidad de la propia persona: estar sucios o ir mal vestidos es como haber perdido la propia dignidad.

Hay quien emprende entonces una batalla cotidiana para mantener un aspecto digno, entre los horarios de los pocos servicios de ducha gratuitos y de los centros de distribución de ropa. Algunos sucumben en esta carrera de obstáculos y se abandonan a sí mismos. Mientras más fuerte es el aislamiento más se pierden los motivos para cuidar la propia persona: pero no implica la pérdida del gusto o el deseo de hacerlo.

Detrás de estas personas aparentemente embrutecidas, sin atención a costumbres irrenunciables para nosotros, se entrevé una realidad de dignidades humilladas, de deseos inexpresados y esperanzas desatendidas.



   
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